Todos somos la misma cosa.

 

El mundo sería diferente si cada uno fuese capaz de hablar de lo que duele. Si tuviéramos ese poquito de coraje para aceptar el dolor y dejar caer libremente esa lagrima paralizada en el lagrimal. Pero la gente acostumbra ver sonrisas forzadas.

Sería diferente si no nos priváramos de hablar del dolor, porque ese dolor que callamos se estanca en el alma, y ahí se pudre y enferma. Hablando de lo que duele nos sanamos, lo dejamos ir y así logramos que nuestros problemas se normalicen.

Le quitaríamos importancia a absolutamente todo. Le quitaríamos protagonismo al dolor enfermizo. Seríamos hasta capaces de reírnos de nosotros mismos.

Y aprender que al final, todos somos la misma cosa.

 
Para miStephany Knize